El exceso es romper con las reglas naturales, es saltar sobre los límites para alterar una definición, sobrepasar un contorno o desbordar un rigor.
Y nada en este ejercicio del desatino justifica el fin, porque lo que se exagera, lo que sale del foco de la lógica desequilibra, riñe con la propiedad de la norma y traspasa los extremos, lo que tiende al desboque, a la exorbitancia se deforma en el trayecto y pierde la esencia de la regularidad.
Todo esto explica que lo que se hace en demasía choca con el orden, inclina lo correcto a la zozobra y entra en esa estimulación del abuso, donde algo se irrita, cruza el colmo y por la desproporción y cae en el abismo del caos.
El exceso por ser una incongruencia, por desdeñar la razón se explica en la psicología como un desajuste, como una arritmia de la ponderación en la conducta humana que perturba, porque salta por encima de la mesura y de la previsión, para pasar al trastorno, para alcanzar un estado donde se ignora lo comedido y la dialéctica del buen vivir.
Por eso aquellos que conspiran con el superávit de sus emociones, que sin pensar mucho cruzan las fronteras de lo racional, son al final víctimas de sus pasos, herederos de los errores, de esos impulsos que por estupidez o por vesania los imposibilitan a poner frenos a las tentaciones, a las incitaciones, para luego tropezar con la realidad que los castiga, los anula o los destruye.
Ernesto Cárdenas.