Hay cosas que se quedan fijas, que se cosen a la mente y al fondo de las almas, cosas que no las quiebra el tiempo porque se hacen rito, hábito y costumbres, cosas de adentro que se convierten en prácticas, en manías de los sueños o en necesidades del rumbo, realidades que se atan a gentiles emociones, a los extremos de una inquietud que toca fondo en cada pensamiento y en cada acontecer de la existencia, para marcar, apuntalar un hecho, una proeza inenarrable que se niega a ser historia, a ser la conformidad o a ser invierno.
A ser perfil simplemente de lo ido, de un epitafio del ayer o de una sombra.
Son cosas que señalan una epopeya, la magnificencia de un amor que sin mañana se niega a sucumbir, a desplomarse entre la nada porque aún navegan los recuerdos, flota un eco sobre el delirio, sobre un canto y sobre una lágrima.
Corazones que siguen siendo peregrinos de una ilusión, de una magia y de una rima, luces que en medio de la noche intentan doblegar el tiempo, inventar como un milagro otro amanecer para los pasos, para un aliento o para una risa.
Amores que rechazan el espanto del vacío, el horror a lo imposible, seres que no fatigan su esperanza, que no aprueban las barreras, que no soportan la quietud porque son hazañas de un empeño, batallas de un ardor y desafío de una esencia, sensaciones que se resisten a ser humo, a ser bruma y ser tregua.
Hay cosas que se escriben sin palabras y que nadie alcanza a descifrar, cosas que se quedan, que nos acompañan y que se van con uno, hay cosas que solo…que solo mi Dios entiende.
Ernesto Cárdenas.